No sospechaba que esa clase de clown cambiaría mi vida…

Por Madeleine Sierra

Estaba en clase de clown, en París, a punto de pasar frente al público…

El ejercicio se trataba de hacer reír a mis compañeros sin un guión que seguir, sin nada preparado. ¡Imagínate el reto! Poco sospechaba que esa clase cambiaría mi vida para siempre.

Durante mi formación anterior de actriz sufrí el miedo a hacer las cosas mal, por lo que ahora al pasar frente al público me sentía como si fuera un cerdo caminando hacia el matadero, mi cuerpo estaba habitado por el miedo. “Tengo que hacer algo divertido”, pensaba, mientras buscaba ideas desde la mente (no desde el cuerpo).

Al encontrarme frente a mis compañeros silbé —fue lo primero que se me ocurrió—. Lo siguiente que se me ocurrió fue un segundo silbido, como si fuera otra persona respondiendo al primer silbido. Así comenzó un diálogo de silbidos que parecía de payasito de fiesta. Mi incomodidad era tal que en todo el salón se generó un ambiente de incomodidad.

Entonces mi maestro Zario me detuvo y me dijo: “Ponte en un lugar cómodo”, y mi cuerpo solito supo dónde es ese lugar: mis brazos se acomodaron en forma de lavatrastes, y luego mis manos comenzaron a moverse como si estuviera lavando trastes. Esos movimientos me tranquilizaron, pues siempre me ha gustado lavar los trastes. “Ahora, mientras sigues lavando, de vez en cuando di: ‘Yo’”, me indicó Zario. Seguí jugando a lavar, y cada vez que decía “Yo” me tocaba el pecho, para conectarme conmigo.

Estaba mostrando una parte de mí y eso me ruborizaba, pero era un rubor que parecía gustarles a mis compañeros, como si al verlo me quisieran más. Me empecé a equivocar: a veces, al decir “Yo” en lugar de tocar mi pecho tocaba el plato imaginario que estaba lavando, o la llave del agua, y el público se botaba de la risa, con lo que yo me relajaba cada vez más (me había esforzado tanto, sin éxito, en hacerlos reír con los silbidos, y ahora las risas sucedían sin que yo tratara de ser chistosa).

El ejercicio desembocó en una improvisación, con el tema de los quehaceres, en la que, ayudada por mi maestro, jugué a ser yo misma, mientras mi público no paraba de reír.

Algún día te contaré de todas las repercusiones que tuvo esa clase en mi vida, tanto de clown como de persona, tanto de maestra como de actriz.