Las emociones

 

Por Madeleine Sierra

Te quiero hablar acerca de las emociones porque hay cierto desconocimiento acerca de lo que son, para qué sirven y sobre todo qué %#$&” hacer con ellas, tanto en la vida como en el escenario. El no saber qué hacer con ellas se nota en la relación que llevamos con ellas, que consiste por lo general en huir de ellas o luchar contra ellas.

Esto se debe a que la sociedad no permite que se expresen las emociones de la “cajita del olvido” (derivadas de las heridas del pasado) como la vergüenza, la culpa, el enojo, el dolor, la envidia, la depresión o el miedo, o incluso emociones como la ternura o el amor, pues rompen con la convivencia armónica y respetuosa hacia los demás.

Entonces, al no saber qué hacer con estas emociones, y al querer contribuir a crear esa convivencia para ser aceptados y pertenecer, nos desprendemos de ser quienes realmente somos y de compartir lo que realmente sentimos, y se crea la máscara (un comportamiento alejado de nuestro verdadero sentir) que funciona para relacionarnos con los demás bajo los cánones de la armonía y la respetuosidad.

Solo que, hay un pequeño problema, y es que al no poder expresar estas emociones, ellas se guardan en el cuerpo en forma de tensión, hasta convertirse en una explosión o en una enfermedad. Estamos entre la espada y la pared porque, si dejamos que salgan en forma de explosión con el primero que se nos ponga enfrente, esto —además de romper la convivencia respetuosa— ocasiona un círculo vicioso de emociones.

Por ejemplo, enojarse con alguien ocasiona culpabilidad, esa culpa ocasiona enojo con uno mismo, por lo tanto, depresión y luego enojo por tener depresión, y entonces todas se reprimen para no incomodar, pero todas ellas volverán a salir de una forma u otra, o si nos las guardamos nos harán daño.

A raíz de esto, muchas personas acaban etiquetando las emociones como “malas” o “buenas”, “negativas” o “positivas”. Las “negativas” son “malas” porque no promueven la convivencia respetuosa, y las “positivas” son “buenas” porque sí la promueven. Pero esto nos priva de compartir la verdad. Además, ponerles una etiqueta acaba minando la posibilidad de aprender a escucharlas y a descifrar el mensaje que tienen para nosotros. Por ejemplo, con la etiqueta de “está mal sentir enojo”, lo primero que siento es culpabilidad y vergüenza cuando me siento enojada, lo que me trae otra etiqueta: “está mal sentir culpabilidad y vergüenza” y me vuelvo a sentir culpable porque creo que soy una persona “mala” al sentir esas emociones “malas”, y no quiero ser una persona “mala”, quiero que me quieran, que me acepten y entonces las ignoro y me pierdo la posibilidad de conocer y sanar lo que hay detrás del enojo.

El secreto para transformarlas consiste en aceptarlas incondicionalmente, en detenerse a sentirlas en el cuerpo y en detenerse a escuchar el mensaje que traen consigo, en un lugar íntimo. Entonces las emociones, todas, pueden ser el camino que nos conduzca hacia un auto-conocimiento y hacia una mejor calidad de vida si sabemos escucharlas. Las emociones son Vida expresándose en nuestro cuerpo. Al no escucharlas nos perdemos de vivirnos.

Hay un concepto que me dijo Tere Carter, mi terapeuta ontogónica, que es hacer un cuarto en la casa especialmente diseñado para sacar, expresar y liberar las emociones. Así como hay un baño para hacer necesidades físiológicas y bañarse, de igual manera sería maravilloso tener un cuarto para darse un baño emocional y “limpiarse” de las emociones. El consultorio de ella es un cuarto con un colchón especial para revolcarse y moverse, almohadas especiales que aguanten vara, kleenex, cobijas y un bat de béisbol. Me encanta.

Si hubiera ese cuarto en cada casa, todo mundo diría “espérame tantito, voy a sacar emociones fuertes y ahorita seguimos”. Entonces, el mundo sería otro. Todo mundo tendría oportunidad de sacarlo en su casa en solitario y así ya no estaríamos enojados todo el tiempo echándole la culpa o la bronca al vecino o al coche de al lado… Y después de darnos el baño ya podríamos darle escucha y empatía, y llegar a comprender de dónde viene todo esto, qué creencias limitantes la formaron, cuándo se formó, dar perdón a ese momento. Muchas veces el enojo se va cuando nos perdonamos…