La vergüenza de exponerte

Por Madeleine Sierra

Laura, flautista, pasó a interpretar una melodía que había escogido en un momento de crisis de su vida. Comenzó a tocar y técnicamente lo hizo muy bien, sin embargo no notamos nada emocionalmente. Le pedí que cerrara los ojos y que contactara con aquel momento de su vida, pero noté que en su cuerpo sentía mucho miedo… pánico de ABRIRSE a sentir eso delante de sus compañeros.

Le pedí que me lo contara, y ella abrió los ojos grandes grandes de sorpresa, como diciendo: “¡¿Quéeeeeeee?! Nuuuuunca, no puedo permitir que me vean flaquear, qué vergüenza”. Vi que su rostro se coloreó y que su cuerpo se quería esconder. Le dije que era importante asumir su verdad y que, si estaba dispuesta, a compartirla podría ayudar a ello.

En un proceso de creación es importante que el artista se deje tocar por lo que le conmueve, y una manera de dar el paso es compartiéndolo con quienes están presentes en el momento de creación (los que estábamos en la clase, en este caso). Vi el miedo de Laura a mostrarse tal y como se había sentido en aquel momento, pero también vi que comprendió que la música solo podría salir con emoción si ella se atrevía a compartirlo.

Le expliqué que todos, absolutamente todos, hemos vivido o pasado por una situación similar, y que todos estamos o hemos estado en “el hoyo”. Cuando dije esto se oyeron risas generales, lo cual me indicó que el grupo se sintió identificado. Agregué que ella venía a recordarnos, con la música, el no huir de nuestras emociones: que venía a recordarnos que somos humanos y que hemos pasado por momentos de dolor y tristezas… venía a recordarnos que estas emociones son parte de nuestra experiencia de vida.

Entonces nos contó que esa melodía le recordaba momentos tristes de ruptura amorosa, de soledad, de llegada a la escuela sin sentido, de convivir con sus compañeros estando melancólica, y se creó una conexión de complicidad con nosotros, el público. Le pedí que no hiciera a un lado la emoción que estaba surgiendo, que cerrara los ojos y que la sintiera en el cuerpo. La invité a regresar a aquel momento de su vida y a ver la escena, y a no comenzar a tocar hasta que no estuviera sintiendo todo eso en todas las células de su cuerpo. Le pedí que contactara la emoción verdadera en estado de juego, para protegerse de emociones que pudieran ser demasiado dolorosas.

Comenzó a tocar y poco a poco sus compañeros iban abriendo grandes los ojos y sintiendo escalofríos… Terminó y todos nos quedamos con la boca abierta, y aplaudimos su acto de valor al trascender la vergüenza. Nos había tocado, había llegado a nuestros corazones. Le dije que la música que salió de su instrumento, y de su cuerpo, cumplió un papel fundamental al “recordarnos” que estamos vivos, y que estar vivos es sentir nuestras emociones.

Laura nos compartió que siempre le había dado vergüenza abrirse, hasta ahora. Que este día, por primera vez no había sentido VERGÜENZA. Y le dije, para concluir: “¡Ah, muy bien, entonces ya eres una SIN VERGÜENZA!”. Ella asintió con una sonrisa de oreja a oreja.