Para narrar a través de una canción

Por Madeleine Sierra

Dos gatos en el suelo están, dibi dibi din bon bon.

El uno al otro le dijo así, dibi dibi din bon bon:

“¿Nos subimos, te parece bien?”

dibi dibi dibi dibi din bon bon.

y subieron a la mesa enton, dibi dibi din bon bon…

Así comenzaba la canción que nos cantó Verónica en la clase. La primera vez la interpretó con mucho esfuerzo corporal, para ilustrar la historia, por lo que  le dije que en lugar de verla ilustrándola, me gustaría ver sus emociones: cómo era para ella esta historia, cómo la veía y vivía como narradora. 

Le pedí que imaginara la mesa: de qué color era, cuáles eran sus dimensiones, cómo estaba colocada. Le pedí que imaginara también el tapete que había debajo, ¿le gustaba o no le gustaba?… ¿El lugar era cálido?… ¿Cómo eran los gatos… de qué edades, tamaños y colores…? 

Cuando tuvo todas las imágenes claras, cantó nuevamente el primer enunciado. Ya no hubo esfuerzo para tratar de dibujar algo, simplemente vió los gatos y la mesa, y su  mirada nos transmitió todo lo que veía. Algo se relajó en su cuerpo. 

Y así fuimos avanzando por la canción. Con cada frase yo le pedía que  parara para revisar en su cuerpo y darse cuenta de lo que sentía. ¿Qué emoción le provocaba que los gatos se subieran a la mesa? “Normal, alegría, sin más”, me dijo, y yo le pedí que lo cantara así, con esa emoción. Luego los gatos era intrépidos y se subían al techo. ¿Qué emoción le causaba esto a Verónica? “Miedo, expectativa, tensión”, y le propuse cantar la frase con esas emociones. Y luego los gatos saltaban a la Luna. ¿Qué emoción le provocaba a Verónica tal hazaña? Sorpresa. 

La canción nos fue llevando a través de las emociones de la narradora, quien ahora gozaba la historia de una manera más conectada y divertida. Cada vez que le llegaba una emoción yo le pedía que volteara a ver al público para compartírsela, con lo que el público siempre reía, y se mantenía expectante de la historia.

Le hice ver a Verónica que la historia tenía eso a lo que en el clown le llamamos “la regla de tres”, o sea que planteaba una acción, luego otra similar y la tercera vez una acción sorpresiva. La regla de tres es básica como elemento de tensión dramática y sorpresa, por lo que le sugerí a Verónica que, para aprovecharla, cuando los gatos saltaban a la Luna (que era la tercera acción), hiciera una pequeñita pausa, para crecer el momento de sorpresa en el público.