Respeto al ser que eres

Por Madeleine Sierra

El libro “El Concepto del Continuum”, de Jean Liedloff, cuenta la experiencia de la autora en sus viajes hacia la zona venezolana del Amazonas con la tribu Yecuana. Un relato que me dejó perpleja fue aquel que habla de cuando socializan, citaré la experiencia completa a continuación:

“Los yecuanas me enseñaron unas formas mucho más refinadas de relacionarme con la gente que las que yo conocía del mundo civilizado. Su manera de recibir a los visitantes me impresionó muchísimo. Me di cuenta de ello cuando llegué a una aldea yecuana con dos viajeros yecuanas procedentes de otra lejana aldea…

Durante cerca de una hora y media los dos estuvieron sentados sin moverse ni hablar; después, una mujer se acercó silenciosamente y tras dejar en el suelo un poco de comida ante ellos, se alejó.

No empezaron a comer en el acto sino que esperaron un poco y lo hicieron sin decir una palabra. Luego les retiraron los boles en silencio y pasó más tiempo. Al fin, un hombre se acercó lentamente y se quedó de pie apoyado contra uno de los postes que sostenían el tejado, detrás de los visitantes. Al rato pronunció algunas sílabas en voz baja. Transcurrieron dos minutos antes de que el visitante de más edad respondiera también brevemente. De nuevo guardaron silencio. Cuando volvieron a hablar era como si cada palabra regresara al silencio reinante del que había surgido. El ritmo y la dignidad personal de cada hombre no sufría ninguna imposición. A medida que el intercambio se fue haciendo más vivo, fueron llegando otros, se quedaron ahí un rato y participaron de la conversación. En cada hombre parecía haber una sensación de serenidad que debía ser preservada. Nadie interrumpió a nadie; la voz de cada uno de ellos carecía del menor rastro de presión emocional. 

Cada hombre permanecía equilibrado en su propio centro. Al poco tiempo, la risa florecía ya entre la conversación elevándose y cayendo al unísono como una oleada en medio de las conversaciones que mantenían una docena y pico de hombres. Al ponerse el sol, una mujer sirvió la cena a los reunidos, que ahora eran ya todos los habitantes de la aldea. Se habían intercambiado las noticias y reían muy a menudo. Tantos los residentes como los visitantes se habían integrado perfectamente en el ambiente sin tener que recurrir a la falsedad o al nerviosismo.

El silencio no había sido un signo de interrupción de la comunicación sino un espacio de tiempo para que cada individuo pudiera estar en paz consigo mismo y asegurarse de que los demás también lo estaban.

Cuando los hombres de la aldea salían para hacer largos viajes para intercambiar objetos con otros indios, las familias y los clanes de éstos los recibían con el mismo procedimiento: les dejaban permanecer en silencio el tiempo suficiente para que la atmósfera de la vida de la aldea volviera a ser la misma y después se acercaban tranquilamente sin ejercer ninguna presión ni pedir demostraciones emotivas.”

Esta lectura me deja un sentido de profundo respeto hacia el ser que uno es, y de disfrutar de la espontaneidad de los impulsos de vida y de las emociones que nos habitan, sin juicios.

Probablemente donde tú vives hay reglas sociales distintas a las de los Yecuanas, pero en el mundo real en el que vives: ¿qué podrás hacer tú mismo para respetarte y para honrar tus impulsos de vida?…