Un encuentro con nuestro niño interior

Por Madeleine Sierra

Mi maestro de clown Zario —mi querido sensei— me quitó la “máscara” y me abrió a la espontaneidad y al juego. Empecé a disfrutar la idiotez, y a disfrutar el escenario. Fue una experiencia bella y dura a la vez. 

Regresar a la naturaleza de niños significa recuperar la transparencia, la observación amorosa de nosotros mismos, recibir la vida de manera humorística. Hacer clown es algo muy profundo: cuando yo comencé a hacerlo me dolía la cabeza, porque se trataba de remover estructuras rígidas. 

Es ir hacia un movimiento que se cerró en algún momento: todos nacemos con una energía de apertura y de amor incondicional, que está buscando  a su vez recibir amor incondicional, pero que en algún momento se topa con crítica o burla. Y entonces surge la creencia de que está mal ser cómo somos  y sentirnos como nos sentimos, y aquella energía tan bonita comienza a colapsar. 

El primer movimiento del clown es asentir a todo cómo es. Sí está pasando esto, sí soy un enojón gruñón (y juego con ello). Sí soy una neurótica a la que le encanta el orden y la obsesión. Sí se calló la partitura en medio de mi concierto, sí sí sí SÍ. Un gran SÍ a la vida que está sucediendo.. 

Hay clowns que son enojones, hay clowns que son risueños y están soñando todo el tiempo. Partes de nuestra personalidad que solemos rechazar son materia prima para el clown. Es “ríanse de mí conmigo”. 

Con ese proceso nos damos cuenta de que en realidad no nos conocíamos. Yo he tenido alumnas que llegan a la clase con una imagen super “cool”, como de “aquí yo lo puedo todo”, y cuando conectan con su corazón, y cuando su máscara se cae, muy sorprendidas me dicen: “¡Yo no sabía que era tierna! ¡Guaau! ¡Me doy cuenta de que soy un bombón!”

Uno puede pensar: “¡Qué horror!” “¡No sé que voy a encontrar!” Pero esa reconexión es lo más bonito que hay. Tuve varios alumnos que, después de un ejercicio de decir “Yo… yo… yo.. yo… yo…” por fin pudieron conectar con su cuerpo: “¡Lo estoy sintiendo! ¡Este soy yo! ¡Soy yo! ¡Soy yo!” Una alumna se vio las manos y dijo: “¡No conocía mis manos! ¡No las había visto nunca!”  y sus manos comenzaron a abrazarla y dijo: “¡Ay! ¡Qué bonito! ¡Esto soy yo!” 

Es mi pasión, me encanta a que la gente reconecte con esas alas y empiece a volar, que descubra su propia belleza. 

Te invito a ver una entrevista más que me hizo Estrellita: “Un encuentro con nuestro niño interior”: